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El carnero de la nariz roja va solitario, en medio de la nieve, en búsqueda del espíritu (del sentido) de la Navidad.

Anoche me senté en mi jardín. Nunca lo he dicho de manera pública, pero este año he construido mi propio jardín, para seguir el consejo de un anciano amigo mío que me dijo que era uno de los mejores remedios contra la depresión. No creo en remedios contra nada, pero confieso que amo mucho mi jardín, las plantas que hay y los viejos árboles y los animales que viven en su pequeño medio ambiente o nicho ecológico, como dicen los expertos. Esto de no creer en remedios me viene desde la adolescencia. En aquellos lejanos años fui una víctima más, silenciosa e impune, del acné. Nadie sabe lo que se siente ser un acnesico (uno que tiene acné y no confundir con abnésico), sino lo ha sufrido en carne propia. 

Pues bien, resulta que el acné es como una especie de castigo a la vanidad humana. Casi siempre da en los mejores años de nuestra vida, en los años en los que uno se quiere ver bien, se es joven, sueña con romances. Para mí, el acné es una de las causas de la depresión del adolescente y lo peor de todo es que se ha dejado su tratamiento a las compañías cosméticas. Yo no sé cuántas recetas me dieron en contra del acné por espacio de diez años (desde los 15 cuando me brotó el primer volcán en el mentón hasta más o menos los 25). Recetas de todo tipo y pelambre, menjurges, pomadas raras, untadas exotéricas, que me untara lodo extraido de un volcán (después descubrí que todo se resumía en que el azufre puede tener propiedades que limpian la piel y por eso lo del lodo volcánico, así que no había que ir sino a la farmacia de la esquina y comprar allí alguna pomada que tuviera azufre o, mejor aún, bañarse en un termal). Incluso recuerdo que me recomendaron ponerme saliva de mi propia boca con la condición de que fuera en ayunas. Un día empecé a utilizar untones de benzac. Fue lo único que me sirvió para mantener el acné al límite. Pero aún así, poco a poco me enteré de que no hay cura para el acné de manera definitiva, que es una enfermedad moderna y que es una de las enfermedades más comercializadas del mundo, es decir, que muchos negociantes hacen una gran cantidad de dinero a costa del acné de los adolescentes, de tal manera que no hay procesos de investigación serios tendientes a su extinción. A muchos les conviene que los muchachos sigan teniendo acné, para que sigan comprando cosméticos y recetas extraordinarias. Por otro lado, el acné es una enfermedad considerada menor. Es decir, nadie se muere de acné. Aunque tengo la sensación de que eso no es tan preciso. Acné puede generar depresión, pues afecta la psicología del joven y por lo tanto su autoestima y, por lo tanto, puede crear el riesgo de suicidio.

Esa es la razón por la que no creo en mejores curas. Pero toda cura puede tener algo de cierto. Depende de cómo se tome y de muchas circunstancias. Un jardín puede curar la depresión, pero hay jardines que deprimen.

Estaba buscando anoche alguna inspiración para enviar un mensaje de Navidad y Año Nuevo a los muchachos y muchachas en depresión. Cuando digo muchachos no me refiero necesariamente a una edad. Me refiero a todos aquellos que se sienten solos, deprimidos. Como lo he dicho antes, la depresión tienda a acentuarse en periodos festivos como estos. Mientras muchos celebran con gran alegría y se desean lo mejor, aquellos que se sienten solos, no comprendidos o no aceptados en sociedad o en su familia, pueden vivir días amargos.

Hace algunos días recibí un mensaje de un muchacho en depresión que me dijo así:

‘Aunque sea tan solo una banalidad, feliz navidad’

Yo le respondí que la Navidad era algo a lo cual cada persona debía darle sentido.

En esto creo que coincidimos todos: esa navidad de la sociedad de consumo no puede representar el auténtico espíritu de la Navidad. Para mí, Navidad es estar juntos, compartir, soñar, perdonarnos, planear cosas, hacernos propósitos. Pero si estás en depresión, es obvio que todas esas cosas no pueden ser posibles. Entonces tu Navidad es más bien un desafío, una tarea por hacer. Hay que salir de sí mismo e ir al encuentro de los demás, de tu familia, de tus sueños y, muy especialmente, de tus propósitos.