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Me parece que caemos con mucha facilidad en el juzgar a los demás, incluso por cosas tan triviales como su manera de vestir, el estilo de su cabello o sus actitudes. Si soy así con las personas que tengo cerca, con aquellas con las que convivo, debe ser aún más grave mi juicio con personas de otras culturas, idiomas, razas, creencias o afiliaciones. Creo que educarse en aceptar a las demás personas es una de esas claves para la felicidad personal. No trates de cambiar a los demás si antes no te has cambiado a vos mismo. Especialmente los que se toman el tiempo de juzgar a las personas en la primera impresión que tienen, deben saber la historia de las estaciones de cada persona. Esto es tan importante tenerlo en cuenta, que incluso ayuda en la madurez de las relaciones sentimentales, en la respuesta a si existe el amor a primera vista y en el enamoramiento ciego que sólo mira una estación. Bueno, voy a contarles la historia de las cuatro estaciones de cada uno.

La leí hace muchos, pero muchos años en un viejo libro en inglés que encontré en una librería en Jerusalén. La historia es de un anónimo, lo que la hace más especial y como tal, se adapta a diferentes contextos, pero en el fondo es el mismo mensaje. Si estás sufriendo porque no te sientes aceptado o aceptada por los demás, debes saber que las personas, como la naturaleza, también tienen sus estaciones y también pasan por su día y por su noche. Esta última parte es mi propia reflexión, pero quedémonos con lo de las estaciones, algo que aquellos que viven en zonas australes o boreales pueden entender muy bien: invierno, primavera, verano, otoño y vuelve a empezar el ciclo.

Hace muchos siglos en un lejano país había un hombre anciano que tenía cuatro nietos los cuales estaban muy niños, dos muchachos traviesos y dos chiquillas muy tiernas. El abuelo se sentaba al caer de la tarde en el portico de su casa a contarle historias a sus niños y estos disfrutaban mucho de lo que él les decía, sobre leyendas, cuentos, anécdotas y demás.

Una tarde pasó un hombre frente de la casa. Este hombre era un nuevo vecino en aquella aldea que quedaba entre las montañas. El abuelo al ver el hombre lo saludó con su amabilidad habitual, pero para desencanto, el hombre no le respondió el saludo y siguió su camino. Este hecho dio una muy mala impresión en los niños, quienes le dijeron al abuelo cuán maleducado era aquel hombre. Pero el abuelo les dijo:

– No podemos juzgarlo, porque aún no conocemos sus cuatro estaciones.

Los niños no comprendieron aquella frase y le dijeron al abuelo que les explicara.

– Se los voy a explicar, pero la explicación tardará un año.

¡Un año! ¡Pero eso es mucho tiempo! ¿Así de complicado es el asunto? Pues bien, los niños no insistieron y prefirieron cambiar el tema.

Al otro día el abuelo les contó que a unos kilómetros de allí, hace muchos años, él había sembrado un nogal, que era su árbol favorito, por las frutas que produce tan importantes para el aceite. Les dijo que el nogal es uno de los árboles más valiosos que existen, que además de hermoso, frondoso y fuerte, ofrece grandes beneficios al ser humano. El abuelo habló del nogal con tanta ternura, que los niños sintieron muchos deseos de conocerlo.

– Sí, lo conoceréis, pero uno a su tiempo. No podréis ir todos a la vez. Esta estación, que es de otoño, irás tú, Manuel.

El niño se sintió muy feliz de ser el primero en conocer el nogal y después de jurar el no revelar a nadie más su ubicación, partió de mañana a verlo, con la misión de rendir una detallada descripción a su regreso.

Manuel pasó un día en el lugar y regresó, justo para su diaria cita con su abuelo. Sus hermanitos estaban ansiosos de escuchar la descripción de sus labios.

– Abuelo, lamento decirte que el nogal está muriendo. Ya no es tan frondoso como dices y sus hojas se están cayendo. Casi me pongo a llorar al ver cómo el viento arruina sus ramas y no pude ver ni flores ni nada, sólo cosas marchitas por tierra. Ni siquiera los pájaros se atreven a posarse. Yo lo lamento mucho abuelo, porque es tu nogal. Talvez podemos hablar con papá para ir a recuperarlo.

El abuelo miró a Manuel con sorpresa.

– No hace falta mi niño, ya verás que mi nogal se recupera solo.

Manuel no comprendió nada de lo que su abuelo dijo, pero ninguno de ellos hizo más comentarios. Todos sintieron pena por el nogal moribundo.

Meses después, cuando era invierno, el abuelo le dijo a María que era su turno.

– Niña, como eres la mayor, vas a ir a ver mi nogal. Aquí tienes provisiones y no temas que el lugar es seguro.

María se sintió feliz de la campaña y partió sin medir más palabras.

A la tarde regresó, justo antes de que el tiempo se hiciera peor. Con mucho tristeza le dijo al abuelo y a los niños:

– Papito, el nogal está muerto. Ya parece un tronco vacío, cubierto por la nieve y sin hojas. Ya no hay nada qué hacer por él. Creo que lo hemos pérdido. Si hubieras escuchado a Manuel, le hubieramos dicho a papá que lo trasladase cerca de nuestra casa y aquí lo hubieramos podido proteger.

El abuelo miró a María con una amable sonrisa.

– Gracias por tu preocupación, mi niña. Ya verás que pasa.

El invierno le dio paso a la primavera y el abuelo le habló a Luis, el más pequeño.

– Ahora es tu turno, pequeño campeón. Ten cuidado con resbalarte en los caminos y ve qué ha sido de mi nogal.

El niño no se hizo esperar y siguió las instrucciones del abuelo. A su regreso abrió los ojos con una inmensa alegría al contar:

– Papito ¡es un gran milagro! El nogal resucita. Mira, te traje incluso algunas flores que tomé de sus ramos. Los pájaros vuelan alegres por sus copas y está reverdeciendo como nunca lo imaginarías. Tu nogal se ha salvado.

El abuelo sonrió y miró a María y a Manuel. Todos esperaron con paciencia a que fuera el turno de Piedad, la niña más tierna.

Cuando llegó el verano, ella fue a ver el nogal y regresó con numerosos frutos.

– Abuelo, mira qué hermosos frutos he traido de tu árbol. Está lleno de hojas y es frondoso cómo nunca.

Entonces el abuelo les dijo:

– ¿Recuerdan lo que les dije de que cada persona vive sus propias estaciones? Cada uno de nosotros es como mi viejo nogal. No puedes juzgar a nadie si no ves primero las estaciones de cada cual. Pasamos por nuestro invierno, primavera, verano y otoño. Así es nuestra vida. Cuando conoces a alguien, debes saber que esta persona estará en alguna de sus estaciones, que no necesariamente tiene que coincidir con la tuya.

En ese momento el nuevo vecino, que ya tenía un año de vivir en la aldea, pasó frente a ellos.

– Buenas tardes don Vicente – le dijo al abuelo con una gran sonrisa.

– He aquí este – le dijo Piedad a los otros niños – está en su verano, lleno de frutos.