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Es crónica la depresión. Ahora me convenzo de ello. Es como una malaria. Una vez que te contaminas, es posible que te cures, pero ella estará siempre latente en tu sangre.

No sé cuándo ni cómo adquirí la depresión. No sé si son culpables mis padres, mi hermano, los vecinos, los amigos o yo mismo o alguna fuerza misteriosa del universo que cae en picada sobre los oceános y nos contagia…

Tampoco recuerdo la edad en la que empecé a sentirme deprimido. Recuerdo sí que siempre lo he estado desde que tengo uso de conciencia, pero que casi nadie lo sabe, ni lo supo y no sé si lo sabran.

La diferencia con aquellos que se entregan a la desesperación total es que yo aprendí a amar y a convivir con mi depresión. La volví inspiración a mi pensamiento, a mis actos, a mi modo de ver la vida, la religión, la política, la sociedad, la gente y todo lo posible.

Es la depresión creativa. Aquella que en muchas ocasiones me hace olvidar que soy un depresivo crónico. Me concentro en tantas cosas a la vez y es por olvidar que sufro, que estoy solo. Entonces divago en el maremagnum de actividades. Pero cuando regresa el silencio de la noche y abro mi ventana, allí veo a mi depresión de siempre.

¡Salve, oh depresión…! La depresión mía, mi vieja compañera. ¿Por qué sigo triste después de tantos años? ¿Cómo es que mi vida sucumbió a la amargura? ¿Qué fue eso que me desprendió del cándor de la alegría?

No importa quizá…