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Algunas personas mencionan con frecuencia la idea de aconsejar en este blog de Muchachos en Depresión. Si bien es posible que aquí encontremos muchos consejos, en realidad no es ese el propósito del blog. Un consejo es una recomendación práctica que una persona A da a una persona B con respecto a un problema C. Disculpen si parezco en ello muy matemático, pero es una buena forma de decir que nuestra misión no es la de dar consejos (aunque a veces así lo parezca). El problema C puede ser visto desde muchas perspectivas. Es bueno comprender que incluso la experiencia en el problema C no quiere decir que tengamos una visión completa del problema C. Uno podría estar en un islote que está a punto de ser devorado por un volcán sin verlo, mientras que una persona en la distancia podría darse una mejor visión del mismo. Es más o menos la dinámica de un consejo: alguien te dice qué debes hacer o cómo debes proceder para “evacuar el islote” lo más pronto posible.

En nuestro blog partimos de otra manera de asumir las cosas, quizá más subjetiva si la comparamos a un consejo. No quiero decir que dar consejos sea malo o bueno. De hecho, hay consejos que hay qué darlos, como gritarle a la gente que evacue un lugar que está por ser destruido. En ese caso no vale nuestro método de Muchachos en Depresión.

El método consiste en acompañar a aquellos que son víctimas de la depresión, la ansiedad, la soledad… Escucharlos o leerlos. Ese es un punto muy importante, porque muchas personas son objeto de miles de consejos, todo el mundo les dice qué tienen qué hacer, pero nadie los escucha. Por esta razón puse una frase del escritor Fernando Vallejo en la portada: “llevo cientos de páginas gritando yo, yo, yo… y hasta ahora nadie me ha visto”. Dar consejos en realidad puede ser sencillo y muchas personas se destacan más que otras en hacerlo, pero escuchar es más difícil.

Las palabras que por ejemplo escribo en respuesta en los correos que me envían, no son propiamente consejos. Antes que nada leo lo que me escriben, lo medito y después escribo algo que tiene que nacer de tus propias palabras. Tengo la convicción que la solución a nuestros problemas radica en nuestro propio interior. Cada uno tenemos talentos, valores e ideas que son la clave a nuestra propia felicidad. Y esas claves salen por todas partes, por los poros, por nuestras palabras, pero a veces estamos tan confundidos, tan llenos de amargura, tan ansiosos, que vemos la realidad como un inmenso rompecabezas gris, difícil de armar… ante la confusión, retroceder, aislarnos, pensar en el fin definitivo, todo eso se vislumbra como la única solución.

Otras personas insisten en saber más de mí, mi nombre, en dónde vivo o si pertenezco a algún grupo religioso.

No actúa como el hombre araña, con una máscara ni me creo un héroe público. Sólo presto un servicio y comparto mis propias experiencias y convicciones. Es posible que conozcas información sobre mi persona, pero ese no es el propósito de este sitio. Es más importante que te conozcas, que te descubras, que comprendas los valores que tienes en tu vida para que puedas seguir en tu lucha hacia la felicidad, la realización de tus sueños. Si te dijera cosas mías, cómo mis afiliaciones, nacionalidad, etc., pienso que ello alteraría un poco la percepción que tienes de lo que te escribo. Pensarías que las cosas que digo tienen un propósito particular. Es decir, es preferible conservar una cierta distancia para que puedas asumir las ideas de manera neutral. Quiero que escuches tu propio interior, no el mío. Yo también he sufrido cosas, depresiones, ansiedades y soledad. Si no hubiera tenido esas experiencias, no habría creado un sitio para personas con esas características.