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Millones de historias suelen acabar del mismo modo: con lágrimas sobre la almohada. Miles de personas suelen hacerse la misma pregunta: ¿por qué? En la búsqueda de la respuesta a esta cuestión, cientos de personas escriben multitud de páginas y, aun así, se pueden contar con los dedos de la mano los que realmente la encuentran. En el lugar donde naces te dicen que busques aquí. Los que se van lejos, allí. Pero al fin, personas enraizadas o desarraigadas, siempre acaban, durante muchas noches, humedeciendo el borde de sus sabanas.

Durante años, muchas personas me insistieron en que estudiara y me sacase una buena carrera; fui el mejor de mi promoción. Otros me dijeron que debía encontrar una buena mujer y formar una familia; encontré una compañera bonita, fiel e inteligente. Mi padre me iba a ayudar para proporcionarnos un buen hogar. No me faltaba nada. Hasta la salud estaba de mi parte. Entonces, ¿por qué sentía un vacío en mi interior? ¿Por qué me hundía ante el primer contratiempo? ¿Por qué lloraba tanto?

Busqué respuestas durante horas en las bibliotecas de toda la ciudad. Me aproveché de la buena voluntad de mis mejores amigos. También del calor de mi familia. Solo conseguí terminar de rodillas en templos de todo tipo durante meses. Lanzaba una única pregunta: «¿Hacia dónde voy ahora?». La respuesta no llegaba. Llegue a creer que ni si quiera existía.

Un día, quizás fruto de la casualidad, al salir de la iglesia de mi ciudad, se me acercó una mujer. Llevaba el pelo algo descuidado. Llamó mi atención su abierta sonrisa. Vestía ropas anchas y de tonos claros.

—Llevo varios días observándote —me dijo con voz calmada—. ¿Cómo te llamas?

Me sorprendí. Incluso me sentí incómodo.

—Raúl —le respondí algo reticente, como si estuviera violando mi intimidad.

De forma pausada y agradable, volvió a decirme:

—Hubo un momento en el que yo tuve la misma mirada de desconcierto que tú. Creo que mis ojos mostraban incluso más tristeza que los tuyos. Y venía a diario a orar.

Su voz apartó de mí toda la incomodidad que sentí al principio. Su gesto amable me invitó a preguntarle:

—¿Por qué sigues viniendo?

—Vengo a dar gracias. Un día, tiempo atrás, pedí encontrar a un maestro que supiese guiarme. Alguien con la capacidad de leer mi corazón y ayudarme —mostrando unos grandes hoyuelos al sonreír de nuevo, terminó: —. Y lo encontré.

Lleno de interés, movido por esa brizna de esperanza, le pedí que me contara su historia. Ella me invitó a sentarme en uno de los bancos. Lo hicimos. Situada frente a mí, con su mano sobre mi muslo, me dijo:

—Hace unos años me fui en busca de un cambio. Algo radical. En un país lejano, oí hablar de un maestro. Todo el mundo lo conocía. Llena de curiosidad, me acerqué a visitarle. Al verle, por un instante me sentí decepcionada; parecía un hombre humilde y normal. Trabajaba el campo como un campesino cualquiera. Pero como no tenía nada que perder me acerqué y le pregunté: «¿Por qué no me puedo sentir bien? ¿Por qué es tan díficil encontrar la felicidad?».

Los ojos de la señora comenzaron a brillar. Por un momento, al ver cómo temblaba su labio inferior, pensé que iba a ponerse a llorar. Siguió contándome:

—El maestro dejó su azada, me sujetó de la mano con delicadeza, me llevó a una habitación oscura y encendió la luz. De inmediato, pude ver miles de dibujos de niños pegados en las paredes. La mayoría mostraban montañas nevadas entre soles y nubes. Todos estaban llenos de un intenso color. Varios niños habían dibujado a un señor con un corazón mucho más grande que su delgado pecho. Estaba rodeado de pájaros. Antes de que pudiera analizar más dibujos, el maestro se fue hacia un rudimentario generador de electricidad y lo desconectó. Nos quedamos a oscuras. Al tiempo que se escuchaba como accionaba sin éxito el interruptor de la luz, me respondió: «¿Para qué sirven la bombilla, los cables, el enchufe y el interruptor, si el generador de electricidad no funciona?».

A continuación escuché como se acercó al generador y lo accionó. La luz regresó. Despacio se acercó a mí y puso su mano sobre la parte superior de mi pecho. Sentí un intenso calor que provenía de la palma de su mano. Me dijo: «Por un momento, olvida todo lo externo. Si el generador no funciona, no son los accesorios los que impiden que la luz regrese. Uno y solo uno mismo es el responsable. Es el generador. Y si no funciona, todo lo demás de nada sirve —antes de regresar al campo, terminó—: Aprende cómo funciona el generador y si encuentras algún problema para obtener luz, ponte a trabajar en él».

Una lágrima se deslizó por la mejilla de la señora al recordarlo. Con cuidado, se la secó con la mano. Antes de que pudiera decirle nada, me abrazó con fuerza. Fue un abrazo como nunca antes había recibido. En el oído, me dijo:

—Ve a buscarle.

Y lo hice. Fue el día donde comenzó un viaje al interior repleto de sorprendentes descubrimientos…

Fragmento de la novela Fragancias de oriente