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No busquemos culpables y vayamos tras la raíz del problema…

¿Sufres? Se lo que sientes. Esa sensación horrible también ha sido mi compañera de viaje. Conozco muy bien que es llegar la noche, cerrar los ojos, apoyar la cabeza en la almohada y en vez de anhelar un día mejor, desear que no exista un mañana. O levantarte como si jamás hubieses dormido, exhausto, sin importarte que ropa vas a ponerte, si está arrugada o planchada, si te queda bien…, si amaneció soleado o nublado, si hace frío o calor; ninguna de tantas cosas que parece importarle tanto al resto de personas, te importa. En esos momentos, nada tiene sentido. Solo deseas una cosa: que se detenga lo que sientes. De cualquier forma.

Como todo el mundo, sientes necesidades. Cosas que te faltan, que has perdido o que simplemente sueñas. Te encuentras con situaciones que odias o sucesos horribles. Tu subconsciente, incapaz capaz de trascender, te devuelve esa sensación inaguantable que llamas sufrimiento. Y sientes la necesidad de apaciguar esa sensación. No la quieres. La rechazas. Pronto, incapaz de manejar lo que sientes, acabas por buscar una salida. Por momentos —breves instantes—, pareces encontrar una respuesta. Quizás alguien te la ofrezca o la encuentres en un libro. Es posible que te llegue un poco de suerte. Pronto —antes de lo que quisieras—, todo parece volver al mismo punto. Nada te complace. Te vuelves a convencer de que es imposible avanzar. Todo lo que tratas de hacer se desvanece. Las dificultades parecen insuperables. Te sientes seguro de que la suerte no está de tu parte. «¡Pobre de mí! » te dices. «¡Soy un desgraciado!» te aseguras aceptando que no tienes salida.  Esto es peor que volverse loco. Sin darte cuenta, estás dibujando un callejón sin salida.

«¿Qué me está pasando? » te preguntas. Sin duda necesitas ayuda. Si es por parte de un profesional —no todos lo son—, mejor. El problema no es lo que está sucediendo. La dificultad no es que tengas mala suerte o que estés condenado. Tampoco eres castigado por nadie. En ese momento eres incapaz de ver la salida del problema y eso es desolador. Resolverlo, sea cual sea la dificultad, requiere en la mayoría de casos: trabajo, esfuerzo y paciencia. Aceptar la pérdida de algo o de alguien: tiempo. Esto es algo que sabes y detestas que te lo repitan. Pero unas personas parecen superarlo. Otras no pueden. Entonces: ¿Cuál es la diferencia?

Todas las personas, a lo largo de sus vidas, encuentran momentos de dificultades y situaciones dolorosas. Todas. La diferencia entre ellas no es la suerte. Sentirse mal es natural. Llorar es parte de la vida. Todos lo hacemos. El problema no es que no quieras superar su tristeza. La diferencia está en que unos, pese a sentirse desolados ante cualquier situación dolorosa, encuentran menor dificultad para alentarse, disponen de paciencia, alcanzan la confianza de que van a salir adelante. Otros no pueden. Ese fue mi primer gran descubrimiento. Y es cierto que a veces me sentía como ellos. Tenía ganas de salir adelante. Me decía que todo iba a pasar. Pero sin saber porqué, como por arte de brujería, ese ánimo, esa actitud, se esfumaba sin que me diese cuenta. ¿Por qué?

No era capaz de ver qué sucedía cuando trataba de alentarme o de encontrar una solución. Si observas que determinadas personas, más rápido o más despacio, con el tiempo, salen adelante. A otras nos parece imposible. El mundo que vivimos es el mismo. Las situaciones, en muchas ocasiones, tienen muchas similitudes con las que otras personas vivieron y superaron. Otros trascienden situaciones todavía más complicadas. El caso es que por casualidad o quizás por desesperación, pude descubrir quien destruye mi esperanza y quien derriba mis intentos de seguir adelante. Oculto, estaba más cerca de mí de lo que pensaba. No era quien me criticó ni quien me abandonó, ni tampoco la vida. No era el destino ni producto de una maldición. No podía creerlo. Frente a un espejo lo descubrí. Era yo. Mi diálogo interno. Mi incontrolada forma de tratarme. Mi caótica forma de pensar y reaccionar.

El porqué unas personas se dicen si puedo y otras no, el que unas puedan mantener una actitud positiva y otras no, tiene muchos factores: tu infancia, lo que te ha ido sucediendo, tu educación, tus creencias, las personas que han influido en ti. Sería muy extenso hablar de ello y ya no lo podemos cambiar. Como tampoco, en muchas ocasiones, podemos evitar lo que nos ocurre en este preciso instante. Pero no todo es tan incontrolable. No todo es tan oscuro. Sí podemos reeducar como nos tratamos y lo que hacemos con nosotros mismos. Todo empieza por empezar a conocernos mejor…

Por Víctor Muñoz Calero.