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¡Juego mi vida!

¡Bien poco valía!

¡La llevo perdida

sin remedio!

Erik Fjordsson.

Juego mi vida, cambio mi vida,

de todos modos

la llevo perdida…

Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo,

la dono en usufructo, o la regalo…

La juego contra uno o contra todos,

la juego contra el cero o contra el infinito,

la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito,

en una encrucijada, en una barricada, en un motín;

la juego definitivamente, desde el principio hasta el fin,

a todo lo ancho y a todo lo hondo

—en la periferia, en el medio,

y en el sub-fondo…—

Juego mi vida, cambio mi vida,

la llevo perdida

sin remedio.

Y la juego, o la cambio por el más infantil espejismo,

la dono en usufructo, o la regalo…:

o la trueco por una sonrisa y cuatro besos:

todo, todo me da lo mismo:

lo eximio y lo rüin, lo trivial, lo perfecto, lo malo…

Todo, todo me da lo mismo:

todo me cabe en el diminuto, hórrido abismo

donde se anudan serpentinos mis sesos.

Cambio mi vida por lámparas viejas

o por los dados con los que se jugó la túnica inconsútil:

—por lo más anodino, por lo más obvio, por lo más fútil:

por los colgajos que se guinda en las orejas

la simiesca mulata,

la terracota nubia;

la pálida morena, la amarilla oriental, o la hiperbórea rubia:

cambio mi vida por una anilla de hojalata

o por la espada de Sigmundo,

o por el mundo

que tenía en los dedos Carlomagno: —para echar a rodar la bola…

Cambio mi vida por la cándida aureola

del idiota o del santo;

la cambio por el collar

que le pintaron al gordo Capeto;

o por la ducha rígida que llovió en la nuca

a Carlos de Inglaterra;

la cambio por un romance, la cambio por un soneto;

por once gatos de Angora,

por una copla, por una saeta,

por un cantar;

por una baraja incompleta;

por una faca, por una pipa, por una sambuca…

o por esa muñeca que llora

como cualquier poeta.

Cambio mi vida —al fiado— por una fábrica de crepúsculos

(con arreboles);

por un gorila de Borneo;

por dos panteras de Sumatra;

por las perlas que se bebió la cetrina Cleopatra—

o por su naricilla que está en algún Museo;

cambio mi vida por lámparas viejas,

o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas…

¡o por dos huequecillos minúsculos

—en las sienes— por donde se me fugue, en grises podres,

la hartura, todo el fastidio, todo el horror que almaceno en mis odres…!

Juego mi vida, cambio mi vida.

De todos modos

la llevo perdida…

León de Greiff