Me alegra mucho poder escribir de nuevo en esta bitácora. Hacía días que no venía por aquí. Pero tengo que contaros algo: la semana pasada tuve un accidente automovilístico con un grupo de jóvenes. El conductor excedió la velocidad y chocamos un camión. Yo estaba adelante, al lado del conductor. Por fortuna, todos sobrevivimos y más fue el susto y la tensión del momento. Pero las imágenes del momento en el que íbamos a colisionar, siguen vivas en mí. Como dice la canción de Silvio Rodríguez en Santiago de Chile, hasta allí me siguió la sombra del que ya no se veía y en el oído me susurró la muerte que ya aparecería.

Creo que le vi la cara a la muerte, quizá por tercera vez en mi vida. Pero esta vez fue más dramática. En sí no le temo a la muerte. Nunca le he tenido miedo, aún desde niño. Ella siempre ha estado cerca de mí de alguna manera y ello me ha ayudado a madurar mucho. No quiero decir que me fascina, como a muchos. No. Me parece un misterio. Ahora bien, quien se sabe finito y mortal, entonces cambia su manera de ser. Madura mucho. Se vuelve más reflexivo, más simple y menos engreído, porque sabe que nada es eterno, que las cosas son pasajeras, que la juventud es pasajera, que todo tiene su final, el éxito, la fama, la riqueza, el placer. Al mismo tiempo, se disfruta más del presente, como aquel al que le dicen que tiene seis meses de vida y entonces se dedica a disfrutar esos meses que le quedan. Yo no sé cuándo me voy a morir, por eso quiero disfrutar cada segundo de mi vida, la vida que tengo en estos momentos en mis manos y por eso escribo por aquí.

De esa manera, como decía Baden Powel, cuando uno vaya a morir, morirá tranquilo, porque es consciente que ha vivido a plenitud. No podemos ser muertos vivientes. No debemos ser muertos vivientes. Tenemos derecho a buscar nuestra felicidad. Si en el lugar en que estamos no somos felices, tenemos el derecho de ir a otros sitios en búsqueda de la realización de nuestros sueños e ideales. No tenemos sino esta vida.

Muchos dicen que tendremos la Vida Eterna después de la muerte. Otros dicen que reencarnaremos en otras personas. Eso puede ser cierto o no. Eso puede ser creído o no. Muchos se ven con el deber moral de proclamarlo sobre la base de las convicciones religiosas. Eso es legítimo. Pero hay una cosa que es certera desde el punto de vista de la razón: en este momento, en este aquí y ahora, tenemos en nuestras manos el don de la vida. En la misma Biblia nos dice Jesús de Nazaret: ¿Quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? (Mateo 6, 27) y después añade: No os preocupéis del mañana, el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal. En ese sentido, la promesa de una Vida Eterna o de una reencarnación, que sean promesas, pero lo que no está bien es abandonar la búsqueda de la felicidad en nuestra vida presente en función de cosas de un futuro que incluso se hunde en el más allá. Si eres un hombre o una mujer feliz (hablo de la felicidad auténtica, la de la realización de tus sueños y de una vida serena), tu entorno será feliz. Una sociedad constituida de personas felices, es una sociedad en paz, justa, amable, sencilla y abierta.