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Una mujer llegó a la sala de espera de un areopuerto para viajar. Como quedaban algunos minutos para abordar el avión, fue al área de mercado y compró una revista y una paquete de galletas. Entonces caminó lentamente hacia las sillas cerca de la sala de abordo.Puso su portafolio a un lado y abrió la revista. Quería leer y descansar un poco antes de iniciar el viaje.

Poco después llegó al lugar un hombre y se sentó a una silla de distancia de ella. La mujer lo miró de reojo y después no le prestó más atención.

Entonces ella estiró la mano y cogió una galleta del paquete que estaba ubicado en la silla vacía entre los dos.

Para su sopresa, el hombre hizo lo mismo: sacó una galleta. Ella pensó que el tipo era un maleducado, pero no quiso prestarle más importancia al evento.

Pocos segundos después ella cogió su segunda galleta y la comió mientras seguía con atención el artículo sobre negocios de la revista. Entonces el hombre hizo lo mismo, sacó otra galleta y ella se sintió bastante ofendida. Se trataba de un atrevido, sin duda. ¿Cómo era capás de tanto? Pero trató de ignorarlo.

Entonces vino la tercera vez, después de que ella sacó su galleta, el hombre hizo lo mismo. Ella ya no podía de la indignación. Era completamente molesto. Era un tipo sin principios. Comió la galleta con ira, pero quiso ver hasta dónde llegaría el tipo.

Lo miraba de reojo y notaba que estaba sereno y que parecía más bien complacido de su acto que avergonzado. Seguro era un pobretón que no tendría un centavo para comprarse su propio paquete de galletas, pero ¿por qué no se lo había dicho? ¿no es eso buena educación?

Así continuó todo el tiempo hasta que ella notó que quedaba una sola galleta en el paquete. Entonces quiso esperar qué haría el hombre. Sin duda se la llevaría también.

En un momento determinado, el hombre sacó la galleta del paquete. Esa era pues la prueba de su infamia. Pero de repente el hombre dividió la galleta en dos y le ofreció una parte.

La mujer lo miró por primera vez de frente y lo que más rabia le dio fue esa sonrisa en su rostro, tan cínico y perverso. No pudo más, tomó su portafolio, se levantó y se dirigió al sitio de embarque. Por fortuna ya habían llamado a los pasajeros.

Ingresó al avión pensando en cómo era posible que hubiesen personas tan maleducadas en este mundo. Entonces se sentó en su silla, abrió su portafolio para poner allí la revista, cuando vio sorprendida que adentro estaba su paquete de galletas.

Cuando lo compró, lo había puesto dentro del portafolio, de tal manera que las galletas que se había comido eran del hombre.

La ira que sentía por él se cambió hacia sí misma y lo peor era la sensación de impotencia, pues era demasiado tarde para buscar al hombre y pedirle excusas.

Pero se dio cuenta también que el hombre había tomado otra reacción muy diferente a la suya. Él no se había ofendido o sentido mal porque ella estaba comiendose sus galletas. E incluso partió la última galleta entre ambos.